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La vía Láctea: el (des)orden de las costelaciones

  • 9 mar
  • 3 Min. de lectura

En las teorías deconstructivas y esquizoanalíticas hay un interés por el desorden fértil que posibilita la creación. Es como si salir del orden establecido permitiera nacer algo nuevo o formar nuevas cosmologías. Este podría ser el caso de la conferencia performativa La vía láctea de María García Vera en el Centro Párraga, como muestra de una residencia de creación, el 20 de febrero de 2026.


Se plantea que este podría ser el caso, porque esta práctica escénica no se alinea estrictamente con las tendencias discursivas de la deconstrucción (Derrida) o el esquizoanálisis (Deleuze), como suele ser habitual en los discursos de la (pos)modernidad. Va un poco más allá, o se queda un poco más acá; es decir, no pertenece a las tendencias actuales de la escena contemporánea, ni renuncia a su conocimiento y aplicación artística.


Habría que explicar muchas cosas para argumentar esta cuestión con solidez, pero como solo es una reseña, diré que en La vía láctea se respira algo que evoca al principio, a la búsqueda del origen, a ese volver a comenzar constante del punto cero. Si acudimos a José Ángel Valente u otros poetas, nos percataremos de que es un lugar de la palabra naciente, similar al análisis lingüístico de algunas palabras que se mencionan en la obra. No obstante, eso no es lo más importante, a mi parecer; lo sustancial es la desnudez de ese punto cero. Desde ese no lugar, no se repiten los discursos establecidos ni se apoya en alguna de las corrientes dominantes en lo alternativo (decolonialismo, teorías de género, posfeminismo…). La cuestión está en encontrar algo auténtico y valioso en ese aparente caos: un sentido.


Si eso se diera de forma desconectada o inconclusa, podría parecer un sinsentido, pero la mirada atenta puede detectar las constelaciones dentro de La vía láctea. Sería como percibir pequeñas luces en la oscuridad que titilan por momentos, pequeños estallidos de luz que se generan en medio de la práctica escénica, en un hablar desde el cuerpo (corpus teórico). Al despertarse esa capacidad de ver las constelaciones, la mirada ya no percibe algo extraño, sino la posibilidad de contemplación desde el asombro.


Entonces, solo entonces, el sentido se abre hacia la percepción de un hilo (in)visible que une los diferentes estallidos o momentos de luz. Ese hilo depende de cada uno, pero puede tener un sentido en común. En el sentir común, la constelación es un lugar para habitar. De esta forma, la artista nos ofrece la posibilidad de una contemplación, el encuentro del punto cero, la diseminación que esparce y reúne…


Quizás todo esto pueda sonar bastante metafísico, con una tendencia a volar con el pensamiento, aunque nada más lejos de la realidad. El apoyo constante que hace María para llevarnos de un renglón a otro, de una estrella a otra, de un universo a otro, solo denota un sincero interés por encontrar un sentido. Así, se nos revela la necesidad de un pensamiento comunitario que nos lleva más allá de las prácticas (pos)dramáticas.


Tengo la tentación de volver a empezar este comentario, como hace la investigadora-creadora. Un volver a empezar constantemente que nos lleva de un lado a otro. Me veo pensando igual que ella. De este modo, se ha cumplido la obra en mí. Su decir, es decirse. Su darse, es vivir en el otro.

Comencemos de nuevo:

abramos sentidos.

 
 
 

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