Lucha a cuatro voces: una resistencia íntima con por venir
- 5 feb
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Me siento en deuda al realizar este comentario, porque esta muestra me ha permitido volver a soñar poéticamente, podría decirse que me ha (re)encantado. En otras ocasiones ya he confesado mi (pre)juicio hacia ciertas prácticas del arte sonoro que implican un desencantamiento o una desnudez de las formas técnicas. Este desencantamiento conlleva que la experiencia no resulte grata, sino que se centre más en una experimentación que no tiene en cuenta al receptor/a. Sin embargo, este no sería el caso de Lucha a cuatro voces, donde Sylvia Molina se ha encargado de cuidar todos los detalles, especialmente al reunir un elenco excepcional, con Carlos A. Guerra como principal colaborador y la participación de Susan López (Drone) y Laura Giménez. Además, contaba con un grupo de performers: Alba Gil, Cristina Martínez y Valle García. Todo ello tuvo lugar como muestra de una residencia de investigación en el Centro Párraga, el 30 de enero de 2026.
Una cuestión que plantea Sylvia Molina en medio de los ensayos al decir: “yo solo colaboro con buenas personas”, tiene más importancia de lo que parece, porque denota un afán ético. Así, la belleza de la obra está sustentada en una bondad. De ahí, a la verdad hay un pequeño paso —si no es lo mismo—. De este modo, cabe preguntarse por el trasfondo de las cosas que llegan a la escena. Ella misma contaba cómo su experiencia con Bob Wilson fue la de una carcasa o estética de las formas que están vacías, lo que nos llevaría a otras cuestiones de las artes contemporáneas. Pero no nos perdamos en cuestiones teóricas y aterricemos en la obra. Reconozco que los aspectos técnicos no me preocuparon, de hecho, fueron bastante orgánicos, en el sentido de que no se realizaba una exhibición de medios tecnológicos. Lo importante de esta obra es que la música, intervenida por las cuerdas como artefacto, actuando como medio electro-acústico, posibilitaba la experiencia estética.
Seguramente es valioso saber que Lucha a cuatro voces se construye desde una práctica basada en el fragmento y el palimpsesto, mediante el solapamiento de voces sonoras que condensan distintos tiempos y conflictos. A partir de sonidos reales de guerra, de la música políticamente comprometida de Luigi Nono y del ambiente de la Bolsa de Nueva York, la pieza articula un diálogo entre violencia bélica, lucha obrera y sistema económico, estableciendo un contraste entre lo mecánico y lo digital, el pasado y el presente. Estas tres voces conducen inevitablemente a una cuarta: el ruido blanco, generado por el propio software, que actúa como síntesis de todas las frecuencias y como espacio de escucha final. Más que una obra cerrada, el proceso se presenta como una experiencia de sensibilidad y atención. No obstante, lo más relevante que he encontrado ha sido la aparición de momentos de lo sublime.
Soy consciente de que en algunos de los discursos de la posmodernidad están denostados lo sublime, la belleza, la bondad… Por eso, esta obra me ha parecido profundamente contemporánea, si tenemos en cuenta a Giorgio Agamben cuando dice: “Los que coinciden de una manera excesivamente absoluta con la época, que concuerdan perfectamente con ella, no son contemporáneos porque, justamente por esa razón, no consiguen verla, no pueden mantener una mirada fija en ella”. En este sentido, la muestra de Lucha a cuatro voces estaba abierta a una especie de reencantamiento del mundo que no pertenece a esta época, por lo que se puede contemplar como verdaderamente contemporánea. Quizás sería bueno ahondar en esta cuestión, pero por la limitación de espacio solo señalaré que, aunque tiene una estética actual, nos permitió pensar el arte sonoro desde un lugar amable.
Por lo tanto, si la práctica del concierto-performance nos permite volver a soñar, es amable, tiene una base fundamental en la bondad y apuesta por la belleza, ¿qué lo diferencia de un arte clásico? Me atrevo a decir que nada. Lo clásico no deja de ser atemporal —lo que se inscribe más allá de las modas— donde hay un hilo “oculto” que nos llega a nuestros días. No me corresponde a mí desocultar ese hilo, pero sí señalar que hay algo íntimo en Lucha a cuatro voces donde se consigue la paz. Es decir, donde las discordancias abiertas por las vanguardias entre lo clásico y lo (pos)moderno se reconcilian en el amor por un arte bien hecho. En consecuencia, se podría hablar de una “resistencia íntima” (Esquirol) en la que Sylvia Molina apuesta por un amor que no divide, sino por una conciliación que nos lleva más allá de los discurso dominantes: hacia lo que espera por venir en el arte contemporáneo.
A. S. Román
Escuela de Espectadores
Centro Párraga



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